jueves, 4 de enero de 2018

PAPA FRANCISCO DESTACA LA GRANDEZA DE LOS SANTOS PERUANOS COMO FORJADORES DE LATINOAMÉRICA

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Queridos hermanos y hermanas peruanos:

Dentro de poco los visitaré, tengo muchas ganas de ir, ustedes son un pueblo de mucha reserva.

Y la reserva más linda que puede tener un pueblo es la reserva de los santos, ustedes tienen tantos santos y grandes santos que marcaron Latinoamérica.

Los santos hicieron la construcción de la Iglesia, es decir de la dispersión a la unidad, un santo siempre trabaja en esa línea, de lo que está disperso a la unidad, que es lo que hizo Jesús.

Un cristiano tiene que seguir ese camino y por qué no un peruano con tantos santos peruanos, trabajar por la unidad, quien trabaja por la unidad mira adelante y adelante se puede mirar con escepticismo, con amargura, un cristiano no puede, un cristiano mira adelante con esperanza, porque espera lograr eso que el Señor le prometió.

Nos veremos pronto, pero mientras tanto: Unidad y esperanza, trabajen en eso. Rezo por ustedes, ustedes háganlo por mí

(Papa Francisco, 2017)

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lunes, 1 de enero de 2018

JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ 2018 . Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CELEBRACIÓN DE LA 
51 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 2018

Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz

1. Un deseo de paz Paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra. La paz, que los ángeles anunciaron a los pastores en la noche de Navidad[1], es una aspiración profunda de todas las personas y de todos los pueblos, especialmente de aquellos que más sufren por su ausencia, y a los que tengo presentes en mi recuerdo y en mi oración. De entre ellos quisiera recordar a los más de 250 millones de migrantes en el mundo, de los que 22 millones y medio son refugiados. Estos últimos, como afirmó mi querido predecesor Benedicto XVI, «son hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz»[2]. Para encontrarlo, muchos de ellos están dispuestos a arriesgar sus vidas a través de un viaje que, en la mayoría de los casos, es largo y peligroso; están dispuestos a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que se alzan para alejarlos de su destino. Con espíritu de misericordia, abrazamos a todos los que huyen de la guerra y del hambre, o que se ven obligados a abandonar su tierra a causa de la discriminación, la persecución, la pobreza y la degradación ambiental.

Somos conscientes de que no es suficiente sentir en nuestro corazón el sufrimiento de los demás. Habrá que trabajar mucho antes de que nuestros hermanos y hermanas puedan empezar de nuevo a vivir en paz, en un hogar seguro. Acoger al otro exige un compromiso concreto, una cadena de ayuda y de generosidad, una atención vigilante y comprensiva, la gestión responsable de nuevas y complejas situaciones que, en ocasiones, se añaden a los numerosos problemas ya existentes, así como a unos recursos que siempre son limitados. El ejercicio de la virtud de la prudencia es necesaria para que los gobernantes sepan acoger, promover, proteger e integrar, estableciendo medidas prácticas que, «respetando el recto orden de los valores, ofrezcan al ciudadano la prosperidad material y al mismo tiempo los bienes del espíritu»[3]. Tienen una responsabilidad concreta con respecto a sus comunidades, a las que deben garantizar los derechos que les corresponden en justicia y un desarrollo armónico, para no ser como el constructor necio que hizo mal sus cálculos y no consiguió terminar la torre que había comenzado a construir[4].

2. ¿Por qué hay tantos refugiados y migrantes?

Ante el Gran Jubileo por los 2000 años del anuncio de paz de los ángeles en Belén, san Juan Pablo II incluyó el número creciente de desplazados entre las consecuencias de «una interminable y horrenda serie de guerras, conflictos, genocidios, "limpiezas étnicas"»[5], que habían marcado el siglo XX. En el nuevo siglo no se ha producido aún un cambio profundo de sentido: los conflictos armados y otras formas de violencia organizada siguen provocando el desplazamiento de la población dentro y fuera de las fronteras nacionales. Pero las personas también migran por otras razones, ante todo por «el anhelo de una vida mejor, a lo que se une en muchas ocasiones el deseo de querer dejar atrás la "desesperación" de un futuro imposible de construir»[6]. Se ponen en camino para reunirse con sus familias, para encontrar mejores oportunidades de trabajo o de educación: quien no puede disfrutar de estos derechos, no puede vivir en paz. Además, como he subrayado en la Encíclica Laudato si', «es trágico el aumento de los migrantes huyendo de la miseria empeorada por la degradación ambiental»[7]. La mayoría emigra siguiendo un procedimiento regulado, mientras que otros se ven forzados a tomar otras vías, sobre todo a causa de la desesperación, cuando su patria no les ofrece seguridad y oportunidades, y toda vía legal parece imposible, bloqueada o demasiado lenta.

En muchos países de destino se ha difundido ampliamente una retórica que enfatiza los riesgos para la seguridad nacional o el coste de la acogida de los que llegan, despreciando así la dignidad humana que se les ha de reconocer a todos, en cuanto que son hijos e hijas de Dios. Los que fomentan el miedo hacia los migrantes, en ocasiones con fines políticos, en lugar de construir la paz siembran violencia, discriminación racial y xenofobia, que son fuente de gran preocupación para todos aquellos que se toman en serio la protección de cada ser humano[8]. Todos los datos de que dispone la comunidad internacional indican que las migraciones globales seguirán marcando nuestro futuro. Algunos las consideran una amenaza. Os invito, al contrario, a contemplarlas con una mirada llena de confianza, como una oportunidad para construir un futuro de paz.

3. Una mirada contemplativa La sabiduría de la fe alimenta esta mirada, capaz de reconocer que todos, «tanto emigrantes como poblaciones locales que los acogen, forman parte de una sola familia, y todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya destinación es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia. Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir»[9]. Estas palabras nos remiten a la imagen de la nueva Jerusalén. El libro del profeta Isaías (cap. 60) y el Apocalipsis (cap. 21) la describen como una ciudad con las puertas siempre abiertas, para dejar entrar a personas de todas las naciones, que la admiran y la colman de riquezas. La paz es el gobernante que la guía y la justicia el principio que rige la convivencia entre todos dentro de ella.

Necesitamos ver también la ciudad donde vivimos con esta mirada contemplativa, «esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas [promoviendo] la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia»[10]; en otras palabras, realizando la promesa de la paz. Observando a los migrantes y a los refugiados, esta mirada sabe descubrir que no llegan con las manos vacías: traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones, y por supuesto los tesoros de su propia cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acogen. Esta mirada sabe también descubrir la creatividad, la tenacidad y el espíritu de sacrificio de incontables personas, familias y comunidades que, en todos los rincones del mundo, abren sus puertas y sus corazones a los migrantes y refugiados, incluso cuando los recursos no son abundantes.

Por último, esta mirada contemplativa sabe guiar el discernimiento de los responsables del bien público, con el fin de impulsar las políticas de acogida al máximo de lo que «permita el verdadero bien de su comunidad»[11], es decir, teniendo en cuenta las exigencias de todos los miembros de la única familia humana y del bien de cada uno de ellos.

Quienes se dejan guiar por esta mirada serán capaces de reconocer los renuevos de paz que están ya brotando y de favorecer su crecimiento. Transformarán en talleres de paz nuestras ciudades, a menudo divididas y polarizadas por conflictos que están relacionados precisamente con la presencia de migrantes y refugiados.

4. Cuatro piedras angulares para la acción Para ofrecer a los solicitantes de asilo, a los refugiados, a los inmigrantes y a las víctimas de la trata de seres humanos una posibilidad de encontrar la paz que buscan, se requiere una estrategia que conjugue cuatro acciones: acoger, proteger, promover e integrar[12]. «Acoger» recuerda la exigencia de ampliar las posibilidades de entrada legal, no expulsar a los desplazados y a los inmigrantes a lugares donde les espera la persecución y la violencia, y equilibrar la preocupación por la seguridad nacional con la protección de los derechos humanos fundamentales. La Escritura nos recuerda: «No olvidéis la hospitalidad; por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles»[13].

«Proteger» nos recuerda el deber de reconocer y de garantizar la dignidad inviolable de los que huyen de un peligro real en busca de asilo y seguridad, evitando su explotación. En particular, pienso en las mujeres y en los niños expuestos a situaciones de riesgo y de abusos que llegan a convertirles en esclavos. Dios no hace discriminación: «El Señor guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda»[14].

 «Promover» tiene que ver con apoyar el desarrollo humano integral de los migrantes y refugiados. Entre los muchos instrumentos que pueden ayudar a esta tarea, deseo subrayar la importancia que tiene el garantizar a los niños y a los jóvenes el acceso a todos los niveles de educación: de esta manera, no sólo podrán cultivar y sacar el máximo provecho de sus capacidades, sino que también estarán más preparados para salir al encuentro del otro, cultivando un espíritu de diálogo en vez de clausura y enfrentamiento. La Biblia nos enseña que Dios «ama al emigrante, dándole pan y vestido»; por eso nos exhorta: «Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuisteis en Egipto»[15].

Por último, «integrar» significa trabajar para que los refugiados y los migrantes participen plenamente en la vida de la sociedad que les acoge, en una dinámica de enriquecimiento mutuo y de colaboración fecunda, promoviendo el desarrollo humano integral de las comunidades locales. Como escribe san Pablo: «Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios»[16].

 

5. Una propuesta para dos Pactos internacionales

Deseo de todo corazón que este espíritu anime el proceso que, durante todo el año 2018, llevará a la definición y aprobación por parte de las Naciones Unidas de dos pactos mundiales: uno, para una migración segura, ordenada y regulada, y otro, sobre refugiados. En cuanto acuerdos adoptados a nivel mundial, estos pactos constituirán un marco de referencia para desarrollar propuestas políticas y poner en práctica medidas concretas. Por esta razón, es importante que estén inspirados por la compasión, la visión de futuro y la valentía, con el fin de aprovechar cualquier ocasión que permita avanzar en la construcción de la paz: sólo así el necesario realismo de la política internacional no se verá derrotado por el cinismo y la globalización de la indiferencia.

El diálogo y la coordinación constituyen, en efecto, una necesidad y un deber específicos de la comunidad internacional. Más allá de las fronteras nacionales, es posible que países menos ricos puedan acoger a un mayor número de refugiados, o acogerles mejor, si la cooperación internacional les garantiza la disponibilidad de los fondos necesarios.

La Sección para los Migrantes y Refugiados del Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral sugiere 20 puntos de acción[17] como pistas concretas para la aplicación de estos cuatro verbos en las políticas públicas, además de la actitud y la acción de las comunidades cristianas. Estas y otras aportaciones pretenden manifestar el interés de la Iglesia católica al proceso que llevará a la adopción de los pactos mundiales de las Naciones Unidas. Este interés confirma una solicitud pastoral más general, que nace con la Iglesia y continúa hasta nuestros días a través de sus múltiples actividades.

6. Por nuestra casa común

Las palabras de san Juan Pablo II nos alientan: «Si son muchos los que comparten el "sueño" de un mundo en paz, y si se valora la aportación de los migrantes y los refugiados, la humanidad puede transformarse cada vez más en familia de todos, y nuestra tierra verdaderamente en "casa común"»[18]. A lo largo de la historia, muchos han creído en este «sueño» y los que lo han realizado dan testimonio de que no se trata de una utopía irrealizable.

Entre ellos, hay que mencionar a santa Francisca Javier Cabrini, cuyo centenario de nacimiento para el cielo celebramos este año 2017. Hoy, 13 de noviembre, numerosas comunidades eclesiales celebran su memoria. Esta pequeña gran mujer, que consagró su vida al servicio de los migrantes, convirtiéndose más tarde en su patrona celeste, nos enseña cómo debemos acoger, proteger, promover e integrar a nuestros hermanos y hermanas. Que por su intercesión, el Señor nos conceda a todos experimentar que los «frutos de justicia se siembran en la paz para quienes trabajan por la paz»[19].

Vaticano, 13 de noviembre de 2017.Memoria de Santa Francisca Javier Cabrini, Patrona de los migrantes.

Francisco

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domingo, 31 de diciembre de 2017

Ester Biroccio (1917-1985) fundadora de las Misioneras de María Reina de los Corazones

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Ester Biroccio (1917-1985) fundadora

 Nació en Reggio Calabria el 2 de diciembre de 1917, cuarta entre 8 hijos, 3 niñas y 5 varones. La familia, profundamente religiosa, tenía una fe sencilla pero, robusta.

 El padre, Carlo Biroccio, era un hombre serio, dedicado a la familia y al trabajo en la tipografía de su propiedad; la madre, Giuseppina Romeo, ama de casa, dedicada al hogar y a la Iglesia, comenzaban su jornada en el templo a los pies de la Santísima Virgen del Rosario, rezando, camándula en mano, y participando con gran recogimiento en la celebración de la Eucaristía y en el oficio de la tarde, es decir, la bendición con el Santísimo.

Fue bautizada en la parroquia denominada la Cattolica y recibió la primera comunión en la del Crucifijo; la confirmación, quizá siendo ya adulta, según la costumbre de la época, tuvo lugar en la catedral de la ciudad, el 7 de diciembre de 1944.

En el recordatorio de la confirmación escribió: "Oh María, haz de esta hija tuya, hoy confirmada, tu esclava de amor, tu morada perpetua, a fin de que unida a ti y, como en un Pentecostés prolongado, el Espíritu Santo realice septiformes maravillas".

A la edad escolar frecuenta regularmente la escuela elemental "Príncipe del Piemonte", en donde sobresale por su inteligencia y por su voz, lo que hace que se le escoja con frecuencia para recitar.

 

ADOLESCENCIA Y JUVENTUD

Una vez terminada la escuela elemental, dado que la mamá quiere que aprenda las actividades femeninas, como era entonces costumbre con las hijas casaderas, frecuenta las Hermanas de María Auxiliadora y aprende bordado; pronto, sin embargo, tiene que interrumpir a causa de una dolorosa enfermedad a sus ojos. Posteriormente hizo un curso de corte y luego, durante un cierto tiempo, ayudó a su hermano, que negociaba en telas.

 

Ester siente, según ella misma lo dice: que "desde la adolescencia, una voz interior, clara y definida, permanentemente viva y activa en su corazón, le susurra cual iría a ser, en el futuro, su vocación – misión, indicándole, incluso, el tiempo de su realización"; una voz que le repite: "haz de seguir mi misión sacerdotal y redentora en la plenitud de la caridad; debes seguir mis huellas como lo hizo mi Madre la Santísima Virgen".

 

Permanece en espera de entender, de ver claro, cada vez más claro; permanece en espera "del tiempo y de la hora establecida por la Providencia" para desvelar cuanto experimenta en su corazón y, entretanto, "el Espíritu Santo forja su alma, la conduce por el camino de la intimidad divina, le inspira el ideal y le sugiere los medios adecuados". Así se expresa Ester misma.

 SU TEMPLE

Ester es una chica de tipo mediterráneo: estatura media, piel más bien oscura, ojos negros y vivaces, cabellos negros y rizados, pasos cortos y esbeltos; su salud, empero, es frágil. Tiene una inteligencia vivaz, tenacidad de voluntad, más bien reservada pero capaz de relacionarse, de dialogar, de comprometer: ¡no te das cuenta pero llegas a generar confianza, a comunicar aún los pliegues más recónditos de tu vida!  Mujer de fe, de oración: todas las oportunidades eran buenas para pasar tiempo en la iglesia, ante el sagrario y la estatua de Nuestra Señora.

En la oración halla refugio y fuerza cuando el dolor llama a su puerta con la muerte de sus padres, el uno después del otro, y con la muerte de su queridísima hermana Yolanda, quien falleció de repente mientras daba a luz a su hijo primogénito. Llora, pero ora y vuelve a orar.

Siente los fuertes vínculos familiares y, aun cuando se halla lejos de la familia, comparte sus problemas, dificultades y sufrimientos.

 

Se interesa por los problemas de las personas que va conociendo; ora, sugiere y ayuda cuando le es posible.

Cuando le es viable, participa gozosamente y llena de gratitud con el Señor, en peregrinaciones a los santuarios marianos; va a Loreto, Lourdes, Pompeya, Siracusa; en sus últimos tiempos, visita los lugares montfortianos y Tierra Santa, siempre motivada por intenciones particulares: implorar… dar gracias.

 SU ENCUENTRO CON LOS PADRES MONTFORTIANOS

En 1940, llegaron a Reggio Calabria los Padres Montfortianos, llamados por el Obispo, de grata memoria, Monseñor E. Montalberti; él les confía la iglesia del Rosario que se convierte en un centro vivo que irradia la espiritualidad mariana, montfortiana. Ester la frecuenta constantemente, se enamora de la "verdadera devoción a Nuestra Señora" enseñada por San Luis María de Montfort y se consagra como esclava de amor a Jesús por María el 25 de marzo de 1941; se inscribe en la archicofradía de María Reina de los Corazones y llega a ser una incansable celadora: hacer conocer y amar a Nuestra Señora, difundir la "verdadera devoción" y conducir a la consagración a Jesús por María se torna su pasión, el motivo de su vida.

A partir de entonces, adopta como firma suya: "Ester María" y como lema: ¡Totus Tuus! Sabemos por algunos apuntes suyos (cartas) que el 25 de marzo de 1953 emitió el voto de la santa esclavitud de amor.

Estudia y medita cada vez más la espiritualidad mariana y descubre en ella un medio eficaz para concretizar el ideal sacerdotal, misionero que lleva en su corazón. A la luz de esto va madurando su decisión de comprometerse a fondo con el Señor en una donación total y exclusiva a su servicio.

 EN PLENA GUERRA MUNDIAL SE PREPARA CON EL ESTUDIO Y LA MISIÓN

Comprende que hay que ser personas preparadas aun culturalmente y vuelve a emprender los estudios. El estudio le cuesta a Ester; le cuesta porque ya no es una chica fresca de mente y habituada al estudio.

Entretanto, hacía furor la segunda guerra mundial y era bombardeada la costa de Calabria, sobretodo la región del Estrecho. Muchos abandonaron la ciudad para refugiarse en los pueblos del interior de Calabria que parecían más seguros y la familia Biroccio se desplazó a Mámmola, un pueblecito de la región jónica.

Allí desarrolló Ester una intensa vida apostólica y, de manera especial, difundió la devoción mariana, montfortiana, lo mismo que la práctica del Santo Rosario. Mucha gente se consagró a Jesús por María.

Los fieles la escuchan con gusto y el párroco se entusiasma frente a la ayuda de esta joven que se convierte en fermento de renovación de vida cristiana en su parroquia.

Después del armisticio (8 de septiembre de 1943), no habiendo ya peligro de bombardeos en el extremo sur, dado que la guerra se había desplazado hacia la parte central y norte de la península, la familia Biroccio regresó a Reggio y Ester reinició sus estudios preparándose, como alumna libre, para el magisterio.

En ese esfuerzo escolar le ayudan algunas de sus amigas que comparten y viven con ella la espiritualidad mariana, monfortiana, guiadas espiritualmente por el Padre monfortiano, Vittorio Berton.

 

SE GRADÚA COMO MAESTRA Y EJERCE COMO APÓSTOL

En 1945, logra la habilitación como maestra en el Instituto "T. Gulli" y, al año siguiente, presenta con éxito el examen-concurso de literatura en la facultad de Magisterio de Mesina, logrando graduarse, con las mejores calificaciones.

A pesar de lo duros que fueron los años de universidad, ella permaneció constante en su propósito y, sostenida por la fe, presentó los exámenes correspondientes a cada sesión. Siempre estudiaba con alguna amiga, a fin de que el tiempo dedicado a los libros no resultara tan extenuante y sí más llevadero; muy pronto, todas se sintieron fascinadas por la riqueza de su fe y atraídas a una vida cristiana más coherente y comprometida. Mientras progresaba en los estudios, cultivaba su vida espiritual, escudriñando atentamente los acontecimientos de su vida, tratando de escrutar mejor los designios de Dios sobre ella misma. Su vida estaba entretejida de oración, estudio y apostolado.

¡Qué hermosas e interesantes resultan las crónicas de ese período de su vida! En ellas descubrimos una Ester comprometida siempre y con gran entusiasmo en difundir la "Verdadera Devoción", en preparar a la Consagración mariana, en acompañar a personas, familias, jóvenes y chicas, y a cuantos se hallaban en dificultad.

Se interesa por los enfermos y, con frecuencia, acompañada de sus amigas, visita el hospital y, sobre todo la sección de recuperación, incluso en los momentos de recreación u oración logrando que los enfermos ofrezcan sus plegarias y sufrimientos por los sacerdotes, considerados "alter Christus" (otros Cristos). Pasa por los Institutos religiosos y da charlas a las chicas en formación; por las sastrerías y dialoga con las chicas aprendices. Dado que forma parte del Movimiento Misionero diocesano, no pierde ocasión de hablar sobre los Misioneros, logrando comprometer a la gente a orar por ellos. Se interesa por las "Lámparas vivientes" y el "Rosario viviente".

Su compromiso se extiende, incluso, a la difusión de la buena prensa, especialmente la mariana y los calendarios monfortianos, contribuyendo, con los beneficios recabados a la construcción de la Casa de Nuestra Señora en Reggio Calabria.

 

Sus ojos y oídos están siempre atentos a ver y escuchar; saber acoger las peticiones de ayuda moral, espiritual y, también, material que le llegan de una parte y otra, pero sin actuar sola. Pide a las personas sensibles al bien de la gente; tiene ella el tacto para identificar esas personas, acercarse a ellas, entusiasmarlas y motivarlas.

 

Toma parte en la Misiones organizadas por los Padres montfortianos en los diversos pueblos de Calabria con la tarea explicita de acercarse a las personas de la zona interesada; es así como visita a los enfermos, contacta a las personas en situación difícil, personas que, desde hace mucho tiempo o quizá desde siempre, han vivido alejadas de los sacramentos y de las prácticas de vida cristiana y no descansa hasta que esas personas, encallecidas por el pecado, caen de rodillas a los pies del confesor. A menudo hace de intérprete entre el penitente, que se expresa en dialecto, y el confesor. Es incansable y va siempre con el rosario en la mano, después de haber pasado tiempo de oración ante el sagrario.

 

MISIONERAS DE MARÍA

Justo, en una de esas misiones, y concretamente en Mámmola, la gente comienza a llamar a Ester y a sus compañeras "Misioneras de María". ¡Misioneras! Sí, misionera ya que trabajan a lado del sacerdote, disponiendo las almas a la reconciliación. Sí, misioneras para asegurar un acompañamiento personal. Trabajo de penetración en las familias y en los diversos ambientes; evangelización con y por medio de nuestra Señora. Cuando le es claro lo que el Señor quiere de ella y entiende que la hora de actuar ha llegado, piensa en organizar una Institución secular semejante a la de "Pro civitate," pero mariana, en conformidad con la Constitución Provida Mater de Pío XII (1947), una Institución mariana que realice una misión análoga a la de nuestra Señora, quien "se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención" (Lumen Gentium 56).

Según se iban presentando las oportunidades, ella hablaba de esto con los Padres Montfortianos, de paso por Reggio Calabria; hablaba con personas cualificadas, como Don Giovanni Rossi, mientras se hallaba, éste, de misión en Reggio Calabria (1947): le interesa escuchar su parecer, con la intención de no equivocarse; todos la animan y la invitan a esperar en un ambiente de oración.

En 1947, habló con un Padre montfortiano que se hallaba de paso, el Padre Giovanni Gheno, quien la anima y la apoya, pero muy pronto se separa de él, porque entiende que quiere orientarla hacia un proyecto diverso.

En 1949, el nuevo Provincial, Padre P. Buondonno, durante una permanencia en Reggio, la escucha, la anima, da seguridad a los primeros pasos del pequeño grupo y permite que uno de los Padres lo acompañe, velando por su formación. A él sucedieron los Padres Castelletti, Bonalumi y Lazzarino; éste llega a ser luego, el primer Asistente general eclesiástico de las Misioneras.

 

PRIMERA RESPONSABLE LLEVANDO EL TIMÓN DE LAS MISIONERAS

El 4 de julio de 1950, a las 4,30 pm el pequeño grupo de las Misioneras, ya listo para llevar una vida organizada y, acatando el consejo del Padre Provincial de los Montfortianos, se reunió para elegir su primera "Responsable"; la elección recayó sobre la persona de Ester. Ella, en calidad de Responsable, despliega todas sus capacidades; se compromete a fondo, con fe, con puntualidad en lo que se había programado. Se interesa por las Misioneras cercanas y lejanas, las acompaña con cartas que las comprometen, cada vez más, a medida que va descubriendo sus necesidades; organiza retiros, sesiones de estudio, ejercicios espirituales, espacios de diálogo y de evaluación; a las Misioneras las va lanzando al apostolado organizado y ocasional.

¡Ora y hace orar con el "Breviario" recitado, entonces, en latín! ¡Lo que interesaba era orar con la Iglesia! Atenta escudriña el momento de henchir las velas y zarpar hacia horizontes distintos de manera que pudiesen lanzarse mejor hacia el proyecto de Dios; sentirse más libres de poder volar hacia donde les llevara el soplo del Espíritu Santo y esto con el fin de vivir plenamente la vocación: misión de Misioneras de María. ¡Se da formación, hay entusiasmo, se hace apostolado!

El año escolástico 1951-1952, dio inicio a la diáspora del pequeño grupo; la primera Misionera partió para Ciociaria, más concretamente para Atina, en la provincia de Frosinone, en calidad de maestra en una escuela media; al año siguiente fue a Arpino. Allí se le unieron dos Misioneras, una de ellas, Ester.

También son educadoras; la enseñanza ofrece un campo amplio para el apostolado, lo que constituye, para las Misioneras, un salto que las libera y les permite remontarse a espacios nuevos y más amplios.

Ester enseña literatura en la escuela de maestría industrial de Isola de Liri; esto, en consecuencia, la obligada a viajar diariamente en autobús; un autobús deteriorado, por una trocha estrecha y serpenteante que le causa siempre malestar.

Fue un año duro para Ester, a causa del clima frío, del viaje en ese medio de transporte, también a causa de la enseñanza, puesto que era su primer año, y, desde luego, porque sentía la gran responsabilidad del momento: la Obra de Nuestra Señora (así llama al Instituto); y, además, porque la vida comunitaria misionera había comenzado. Son 3 (número requerido por el canon eclesiástico); eso permite darle la aprobación al proyecto tan esperado; de hecho Ester, una vez llegada, organiza de inmediato la vida del grupo: oración, trabajo, apostolado; vida de consagración y secularidad.

Como buena hermana, procura guiar al pequeño grupo: se interesa por la formación a la vida consagrada, lo ejercita en la oración, en el sacrificio, en la donación total; en las dificultades lo sostiene, lo anima en el apostolado, incluso con su propio ejemplo. Semanalmente va con las otras dos Misioneras a Roma a un encuentro de formación con el Padre Provincial.

También en Arpino da a conocer la "Verdadera Devoción" y prepara para la Consagración; cuida el contacto con las personas, convencida de que toda ocasión es buena para hacer apostolado. Organiza una gran misión en Arpino; allí junto con 3 padres Montfortianos: Padres Buondonno (el Provincial), Pagnoncelli y Adobati se comprometen las 3 Misioneras en la tarea que les compete. ¡Éstas fueron jornadas de gracia!

 

EL OBISPO DE SORA APRUEBA EL INSTITUTO

El 28 de abril del mismo año, en compañía de sus dos compañeras Misioneras, visita al Obispo de Sora, Mons. B. Musto y el 4 de noviembre el Obispo entrega a Ester el Decreto mediante el cual aprobaba el Instituto como Pio Sodalicio (piadosa asociación): fue el primer paso para llegar a ser Instituto Secular. ¡A partir de ese momento las Misioneras constituyen una realidad en la Iglesia! Ester organiza la vida del grupo, mediante compromisos precisos, se interesa por su unidad y formación, le organiza encuentros de estudios (algunos de ellos dirigidos por algún Padre Montfortiano llegado de Roma), el retiro mensual, ejercicios espirituales anuales; se interesa por el apostolado de todas las Misioneras de María, las anima y las sostiene con su plegaria. Se interesa por el trabajo profesional de todas y facilita que estudie quien demuestre capacidades y gusto, hasta lograr el diploma y la inserción en la enseñanza: ésta, constituye para las Misioneras de María una palestra de santidad y un amplio campo de apostolado.

 

Personalmente se interesa por los enfermos y los ancianos, a quienes visita también en compañía de los alumnos aprovechando especialmente las fiestas navideñas y la Pascua. Las Misioneras le dejan a ella especialmente la tarea de preparación a la Consagración mariana montfortiana ya que en este campo ella es una especialista. Organiza encuentros marianos aun en casa, con la participación de Padres Montfortianos como conferencistas.

 

Dado que el número de las Misioneras aumenta, a pesar de que alguna de las primeras defeccione, Ester pide y logra en 1957, un traslado para enseñar en Alatri, ciudad antiquísima de Ciociaria, dado que desea abrir un Centro Misionero más, el cual por algún tiempo, llega a ser "centro de formación" para aspirantes y novicias, tanto más cuanto que cuenta con la ayuda espiritual del Asistente General Padre Lazzarino, residente por entonces en Tecchiena (provincia de Frosinone).

Fue justamente ella quien sugirió y animó al Obispo de Alatri, Mons. E. Facchini, a que invitara a su Diócesis a los Padres Montfortianos, quienes habían abierto un Centro Misionero en Tecchiena, desde donde podían irradiar su actividad.

Durante los años de Alatri, Ester iba y venía entre esta ciudad y Sora, y fortalecía la relación con las Misioneras de María de Reggio.

 

El 15 de agosto de 1957, junto con las primeras Misioneras y luego de un periodo de retiros espirituales en el Instituto San Gaetano de las hermanas de Santa Antida en Reggio Calabria, emitió los Votos de castidad, pobreza y obediencia en la iglesia del Rosario, ante el Padre Provincial y el Padre Lazzarino. Son éstos los primeros votos que se emiten en el Instituto.

Luego, Ester se establece definitivamente en Sora y va a enseñar en Isola Liri, más tarde, en Arpino, finalmente en Sora en la Escuela Media "Carnevale". Entretanto sigue aumentando el número de las Misioneras y el Instituto, como árbol frondoso esparce sus ramas por aquí y por allá: Piacenza, Bérgamo, Matera, Ginosa, Roma, Santeremo. Ester mantiene contacto con todas las Misioneras, a todas las conoce.

 

CONSTITUCIONES EN EL CARISMA Y EL ESPÍRITU DEL VATICANO II

Comprende que ha llegado el momento de iniciar las Constituciones y en eso trabaja con fe y espíritu de sacrificio en el tiempo libre que le deja su labor escolar. Ora, se documenta, escribe.

En 1964, durante el primer Capítulo General, hay "cambio de guardia" y ella es proclamada Responsable "ad honorem".

Comienza, entonces, para ella un periodo de gran sufrimiento ya que se percata de que un nuevo fermento agita a las Misioneras y teme que se alejen de la experiencia y vivencia del carisma que el Instituto requiere. Desea ella que las Misioneras sean:

*      "Copia" viviente de María quien cooperó con la totalidad de su vida en la misión salvífica de Cristo;

*      Desprendidas de todo, siempre disponibles henchidas de celo;

*      Almas sacerdotales, eucarísticas;

*      Contemplativas en los caminos del mundo.

Su sufrimiento crece cuando en la revisión de las Constituciones realizada según las sugerencias del Concilio Vaticano II, se da cuenta de que no expresan de manera evidente el carisma del Instituto. Ora, sufre, se informa, pide consejo, y sigue con cierto temblor la marcha del Instituto y habla; no se cansa de manifestar su pensamiento e ideas claras sobre el Instituto.

En 1977, durante unos ejercicios espirituales en Campiglioni, entrega a las Misioneras dos documentos claros y concisos, acerca del carisma. Se tranquiliza solamente cuando el carisma del Instituto es comprendido y las últimas Constituciones lo expresan de manera clara y precisa.

 En 1967, juntamente con el primer grupo, Ester hace la Profesión Perpetua. En 1977, por motivos de salud se pensiona y, al clausurar la casa de Sora, regresa a Reggio Calabria. La nueva situación de persona pensionada y sufriente no tiene nada de fácil ni de bello, pero poco a poco la va aceptando como voluntad de Dios. Sus días transcurren en oración, en meditación de libros de autores confiables, en el estudio de documentos de la Iglesia tomando apuntes y escribiendo; escribe lo que actualmente ha llegado a ser objeto de estudio, de reflexión, de vida.

 

En sus escritos podemos recoger la certeza que tiene en relación con el Instituto como Obra de Nuestra Señora; se deduce su amor por el Instituto, pues anhela sea como Dios lo ha querido; se concluye su fe, su disponibilidad, hasta el sacrificio, su corazón enamorado de su ideal.

Sostiene su relación con todas las Misioneras y con los conocidos sin olvidar ninguno de los onomásticos o cumpleaños y, para todos, tiene la palabra justa, por escrito o por teléfono.

 

ENFERMEDAD, MUERTE Y LEGADO

El 16 de julio de 1984, estando las Misioneras reunidas en Pietraquaria (Avezzano) para los retiros espirituales, van a Loreto, secundando su deseo, en el 30º aniversario de la aprobación del Instituto con el fin de hacer la Consagración a Nuestra Señora, mientras ella se encuentra en el Hospital de Reggio Calabria para una cirugía que revela un mal incurable. Siguen para ella siete meses de sufrimiento que acepta y ofrece, como lo escribe a una Misionera: "Lo ofrezco todo, quiero lo que Él quiere y sé que me ayudará".

 

Con todo y aceptar la voluntad de Dios, esperaba su curación: ¡quizá no se percataba de que, lentamente, se iba consumiendo y acercándose a la otra orilla! A pesar del malestar y el cansancio de noches de insomnio, ¡con gusto acoge y conversa con cuantos van a visitarla, por cierto, numerosos, cada día!

 

La noticia de que Esterina se encontraba mal de salud se había difundido en el contorno, de manera que, quienes la conocían o la habían hecho sufrir, alejándose del Instituto, iban a verla.

Con las Misioneras que la acompañaban por turno, ora, relata, escucha, pregunta, anima; siempre responde al teléfono, contenta de poder escuchar voces amigas, lejanas; ¡responde hasta algunos días antes de su muerte!   El momento más hermoso y esperado del día era cuando la hermana, hija de la Sabiduría, le llevaba la Comunión. Sabiendo que le agradaba muchísimo, las Misioneras hacían celebrar, algunas veces, la santa Misa en su habitación. ¡Eso la hacía feliz!

 

En agosto, la Responsable General se detuvo durante unos veinte días en Reggio Calabria, con el fin de pasar horas con Ester quien continúa dando recomendaciones y sugerencias, aprovechando para orar juntas. El culmen de su conversación era el tema del Instituto, la fidelidad de la Misionera. Para ella, la enfermedad es algo así como la herramienta con la que las manos del Divino Escultor perfeccionan su obra, llevando a feliz término la belleza espiritual de Ester.

Ester muere el 9 de febrero de 1985 a las 6.00 a.m.; es sábado, día dedicado a la Santísima Virgen. Esa mañana, Ester celebra las Laudes divinas en el cielo. Los funerales se realizan el 10 de febrero de 1985 en la Iglesia del Rosario, allí mismo donde su vocación había florecido y madurado. Participó mucha gente y, de diferentes partes acudieron sus Misioneras para darle un último y afectuoso saludo lleno de agradecimiento. Fue sepultada el 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes. Sus mortales despojos reposan, en la capilla familiar, en Reggio Calabria, a lado de sus seres queridos, esperando la resurrección final.

 

En la carta circular que la Responsable General escribió a las Misioneras, con ocasión de la muerte de Ester, dice: "Muchas veces y con mucha energía, durante el último periodo de su vida terrena, Ester me confió un mensaje para todas ustedes; se lo transmito a través de esta carta circular: "Diga a las Misioneras que las quiero mucho, muchísimo". En esas palabras estaba su corazón que depositaba entre mis manos, para transmitírselo a ustedes; era ella misma quien se entregaba totalmente como perenne donación… Como lámpara ante el sagrario y en el misterioso silencio de cualquier iglesia; nuestra amada Ester se fue consumiendo en el templo de su cuarto, sobre el altar de su lecho y de la silla en que solía transcurrir gran parte de su jornada… En el ataúd, su rostro lucía sereno, como el de quien reposa después de haber recorrido y alcanzado la meta y de haber combatido y logrado la victoria. Mientras la observaba por última vez, pude recoger en su mirada, para mí y para todas ustedes, una expresión clara y serena: he hablado y manifestado todo cuanto debía. Lo que a mí correspondía lo he realizado… Ahora les tocas a ustedes. A ustedes les toca proseguir lo que el Señor quiso comenzar, sirviéndose de mí. Ella nos deja una dulce responsabilidad: llevar adelante la obra del Señor. ¡Tenemos, pues, que arremangarnos realmente la mangas!... En el paraíso, ella nos ve en Dios, nos ama e implora para cada una de nosotras lo que necesitamos para ser Misioneras según el Corazón de la Santísima Virgen, Misioneras de fuego… Confiamos en su plegaria, ante Dios, por nosotras".

 

http://www.diocesisora.it/pdigitale/ester-biroccio-e-lesperienza-diocesana-delle-missionarie-di-maria/

Il 28 aprile del 1954, festa di san Luigi Maria di Montfort, nel palazzo vescovile di Sora il vescovo Biagio Musto accoglie con gioia e benevolenza una giovane insegnante proveniente dalla Calabria, Ester Biroccio la quale sottopone all'illustre prelato il programma di evangelizzazione diretta che già da tempo stava attuando nella sua città natale: Reggio Calabria, dando vita al periodo che lei stessa definì come il tempo di Sora.

Ester Biroccio nasce il 2 dicembre 1917, quarta di otto figli, da Carlo e Giuseppina Romeo, coniugi di profonda fede che partecipano attivamente alla vita religiosa della loro città. I primi anni della piccola sono vissuti in famiglia, dove lavoro e preghiera dei genitori creano un ambiente formativo segnato dalla serietà del padre e dalla dolcezza della madre. Dopo aver ricevuto la prima comunione la piccola assieme alla sorella Lina, frequenta le scuole elementari dell'Istituto "Principe di Piemonte" dove viene fin da subito notata per la sua bella voce. Terminata la scuola elementare i genitori la iscrivono ad un corso di ricamo presso le Suore Figlie di Maria Ausiliatrice. Tra l'adolescenza e la prima giovinezza Ester inizia una riflessione in vista di un discernimento vocazionale che sarà alimentato dalla continua partecipazione alle attività parrocchiali dirette dai Padri della Compagnia di Maria (Monfortani) chiamati in città dall'Arcivescovo di Reggio Montalbetti. Passato il periodo della guerra, Ester si dedica all'assistenza caritativa ed ai bisogni spirituali dei numerosi sfollati che trovarono ospitalità nelle scuole cittadine. Animatrice dell'Azione Cattolica ed organizzatrice di varie missioni cittadine, attorno alla sua figura carismatica ben presto si creò un gruppo di compagne desiderose di seguire le sue numerose attività. A trentatré anni Ester ha già percorso un buon tratta di strada scegliendo una vita spirituale intensa e profonda attinta dall'insegnamento mariano di san Luigi di Montfort. Il suo desiderio apostolico ha già avuto modo di tradursi nella costituzione di un gruppo di donne desiderose di seguire le sue medesime scelte spirituali. Il gruppo inizia a strutturarsi con incontri settimanali, preparazione all'apostolato, e lo studio serio e metodico della mariologia montfortana. Fin dalla prima riunione si mettono per iscritto le indicazioni da seguire per il conseguimento di una corretta vita spirituale di ciascuna sorella. Ester viene eletta direttrice del gruppo che sarà di volta in volta seguito spiritualmente da un religioso della Compagnia di Maria. A tre anni dalla fondazione del gruppo delle missionarie, Ester consegue a Messina, il 10 dicembre 1951, la laurea in Lettere; mentre l'8 dicembre 1953 fa voto di perpetua verginità e di obbedienza al suo direttore spirituale.

Nel 1954 Ester, assieme a due sue compagne, si trasferisce ad Arpino in qualità di insegnante. Se a prima vista le motivazioni professionali sembrano suggerire questa chiamata della Provvidenza, in realtà per Ester questo evento viene visto come l'inizio di un nuovo cammino sulla via dell'ideale missionario e di vita consacrata. Ad Arpino le tre "sorelle" vivono insieme ed iniziano fin da subito ad interessarsi della vita parrocchiale informando di ciò anche il vescovo della locale diocesi che come detto le riceverà in udienza il giorno della festa del loro santo patrono. Con l'inizio del nuovo anno scolastico altre missionarie raggiungono la provincia di Frosinone e grazie all'interessamento di mons. Musto si stabiliscono a Sora, prima in un abitazione di via Cittadella, ed in seguito nel collegio-convitto scolastico di Villa Angelina. Da Reggio Calabria il centro di riferimento delle missionarie si sposta a Sora, ed è qui che ci sarà la prima approvazione ufficiale dell'opera. Il vescovo Biagio Musto, attento ai nuovi segni che apparivano nella vita della Chiesa, sentiva il bisogno di promuovere l'annuncio evangelico tramite il riconoscimento degli Istituti secolari approvati nel 1947 dal pontefice Pio XII. Da tempo il vescovo desiderava dotare la sua diocesi di questo segno profetico, ed il gruppo delle missionarie, apparso nel territorio così inaspettatamente, costituiva sicuramente un'occasione da non perdere. Così il 1 novembre 1954 il vescovo firma un decreto con il quale si erige nella Diocesi di Sora-Aquino-Pontecorvo l'Associazione "Missionarie di Maria". Le missionarie, accanto alla professione di insegnanti, iniziano a prendere impegni apostolici di ogni tipo: Azione Cattolica; missioni campestri o cittadine; preparazione a feste particolari; cura spirituale delle giovani lavoratrici; diffusione della stampa mariana monfortana. La vita comunitaria viene vissuta con gioia ed entusiasmo, nonostante non manchino difficoltà economiche; i locali sono piccoli ed insufficienti, mancava l'acqua e non di rado la fame si faceva sentire tra queste giovani donne che investivano l'intero loro stipendio nei bisogni dell'opera missionaria. Il vescovo si mostra padre attento e generoso; e per l'aiuto materiale ed il conforto morale si prodigarono anche le Suore della Carità di santa Giovanna Antida che offrirono ospitalità per incontri, fornendo anche aiuti di ogni genere. Nel 1957 la comunità di Sora cresce di numero e così si pensa di aprire un secondo gruppo in una diocesi vicina; la scelta cade su Alatri dove è vescovo Edoardo Facchini che fu ben lieto di accoglierle, riconoscendole ufficialmente il 31 maggio 1959. Il progetto di Ester cresce continuamente, lo spirito dell'Istituto è tutto racchiuso nell'adesione alla Volontà Divina sull'esempio di Gesù e sugli insegnamenti di san Luigi di Montfort. Nel 1960 viene costituito il gruppo di Piacenza e la geografia delle Missionarie di Maria si arricchisce sempre più di luoghi di presenza sparsi in tutta Italia. All'inizio del 1961 le missionarie sono presenti a Reggio Calabria, Lombardia, Puglia ma soprattutto ad Alatri e Sora dove risiede madre Ester. La struttura dei vari gruppi inizia ad assumere una sua fisionomia; alla direttrice si affianca un consiglio; mentre nel 1963 da Reggio Calabria arriva la nuova direttrice della casa di Sora, Maria Cristina Jentile, e finalmente si iniziano a scrivere le Costituzioni del gruppo. Dal 19 al 25 settembre 1964 a Sora si svolge il primo capitolo generale delle Missionarie di Maria Regina dei Cuori che elegge la nuova Direttrice generale nella persona di Maria Cristina Jentile che succede alla fondatrice Ester Biroccio. Nel 1965, con la chiusura del Concilio Vaticano II, si modificano alcune norme delle Costituzioni. nel frattempo la casa di Alatri viene chiusa e nel 1967 si apre quella di Roma. L'Istituto appare sempre più radicato e strutturato e proprio la sua maggiore diffusione porterà ad abbandonare le zone periferiche da dove ebbe i natali. Accanto a ciò l'Istituto iniziò a cambiare fisionomia arrivando  nel 1977 a promulgare delle nuove Costituzioni che presentano uno schema assolutamente nuovo, abbandonando il sistema più tradizionale. Ester, che si era nel frattempo allontanata dalla gestione dei gruppi, prende a malincuore conoscenza dell'intera nuova panoramica teologica e spirituale dell'Istituto da lei fondato. Nell'ottobre del 1971 viene chiusa la libreria religiosa di Sora poiché non si hanno più persone sufficienti a continuare la gestione, fino ad arrivare al 1976 con la chiusura definitiva della casa sorana. Da Sora che ne fu madre, l'Istituto si incamminò verso nuove terre di evangelizzazione. Ester Biroccio muore il 9 febbraio 1985 a Reggio Calabria, lasciando dietro di sé una grande lezione di opera pastorale che ad oggi la Diocesi di Sora-Cassino-Aquino-Pontecorvo si spera possa riscoprire.

Lucio Meglio

Fonti:

Cortinovis Battista, Ester Biroccio e le Missionarie di Maria Regina dei Cuori, Reggio Calabria, 2008.

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CELEBRACIÓN CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE ESTER BIROCCIO (1917-1985) en LIMA

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Compartimos el folleto de la vida de  ESTHER BIROCCIO, fundadora, y la historia del Instituto Misioneras de María Reina de los Corazones. Las fotos ilustran la gozosa celebración por los cien años del nacimiento de mujer tan excepcional. Presidió la Eucaristía el P. Carlos Salas, montfortiano, quien brindó una encendida homilía acerca de la espiritualidad del Instituto y los heroicos primeros momentos en el Perú. 
Todos los miembros de FENIS nos sumamos en oración y afecto a su jubileo centenario. Que el Señor Jesús y su Reina Santa María siga reinando en sus corazones y les conceda nuevas vocaciones tanto para el Instituto como para familiares y asociados. 
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 E S T E R I N A

UNA VIOLETA FLORECIDA EN CALABRIA

Fundadora – Instituto Secular Misioneras de María Reina de los Corazones

(1917-1985)

Por:  Maria Aliquò (M.d.M)

(Traducción castellana Pablo E. García D.  S.M.M.Bogotá-Colombia)

Al conmemorar, con gozo, el centenario de nacimiento de Ester, su Fundadora, y el 60º aniversario de los primeros votos en el Instituto, las Misioneras de María Reina de los Corazones elevan a Dios su canto de agradecimiento por el don de la vocación, en seguimiento de Cristo y expresan su gratitud a la que es su "Hermana mayor" Ester, mediante la presente breve biografía.

 

Ésta busca introducir en su conocimiento, a quien no la ha conocido personalmente y, también, a quien la conoció de manera limitada en ciertas etapas de su vida.

 

Ester, nuestra hermana mayor, fue una mujer de fe, una mujer que supo abandonarse en Dios a quien ella se consagró totalmente, teniendo los ojos puestos en María.

 

Con frecuencia, el Señor no fija su mirada sobre los "grandes" para realizar sus proyectos de salvación, sino que escoge a personas "pequeñas", pequeñas pero disponibles. Ester fue una de ellas.

 

Era un atardecer de enero de 1954 cuando Ester, en la estación central de Reggio Calabria subió al tren rumbo a Nápoles para, luego, proseguir en autobús a Arpino, pequeña y festiva ciudad de Ciociaria, patria de Cicerón. Viaja sola, pero acompañada del afecto y la oración de sus "amigas".

 

Podemos imaginárnosla a lo largo del viaje nocturno en un tren de posguerra… ¿Qué pensaría, qué sentimientos bullirían en su mente y en su corazón, mientras, con el rosario en la mano, oraba y se encomendaba a la Santísima Virgen de quien se sentía misionera?

 

Su fuerza fincaba en la convicción de que los tiempos "esperados" habían llegado; de que la realización del ideal deseado no era ya un sueño sino una realidad; de que las misioneras, finalmente podían desplegar las alas y emprender el vuelo hacia horizontes más amplios, más lejanos.

 

¿Pero quién era Ester, Esterina para quienes la conocían?

Ester nació en Reggio Calabria el 2 de diciembre de 1917, cuarta entre 8 hijos, 3 niñas y 5 varones. La familia, profundamente religiosa, tenía una fe sencilla pero, robusta.

 

El padre, Carlo Biroccio, era un hombre serio, dedicado a la familia y al trabajo en la tipografía de su propiedad; la madre, Giuseppina Romeo, ama de casa, dedicada al hogar y a la Iglesia, comenzaban su jornada en el templo a los pies de la Santísima Virgen del Rosario, rezando, camándula en mano, y participando con gran recogimiento en la celebración de la Eucaristía y en el oficio de la tarde, es decir, la bendición con el Santísimo.

 

Muy especialmente con su vida de trabajo, de sacrificio, de fidelidad a los mandamientos del Señor educaban a sus hijos inculcándoles los valores cristianos de la vida.

 

Ester creció en ese ambiente cristiano tejido de fe, de oración, de trabajo, de seriedad, elementos que, constatamos, echaron profundas raíces en su vida. Fue bautizada en la parroquia denominada la Cattolica y recibió la primera comunión en la del Crucifijo; la confirmación, quizá siendo ya adulta, según la costumbre de la época, tuvo lugar en la catedral de la ciudad, el 7 de diciembre de 1944.

 

En el recordatorio de la confirmación escribió: "Oh María, haz de esta hija tuya, hoy confirmada, tu esclava de amor, tu morada perpetua, a fin de que unida a ti y, como en un Pentecostés prolongado, el Espíritu Santo realice septiformes maravillas".

 

Sí, esclava de amor, puesto que ya está consagrada a Jesús por María según el método de San Luis María de Montfort.

 

A la edad escolar frecuenta regularmente la escuela elemental "Príncipe del Piemonte", en donde sobresale por su inteligencia y por su voz, lo que hace que se le escoja con frecuencia para recitar.

 

Una vez terminada la escuela elemental, dado que la mamá quiere que aprenda las actividades femeninas, como era entonces costumbre con las hijas casaderas, frecuenta las Hermanas de María Auxiliadora y aprende bordado; pronto, sin embargo, tiene que interrumpir a causa de una dolorosa enfermedad a sus ojos.

Posteriormente hizo un curso de corte y luego, durante un cierto tiempo, ayudó a su hermano, que negociaba en telas.

 

Ester siente, según ella misma lo dice: que "desde la adolescencia, una voz interior, clara y definida, permanentemente viva y activa en su corazón, le susurra cual iría a ser, en el futuro, su vocación – misión, indicándole, incluso, el tiempo de su realización"; una voz que le repite: "haz de seguir mi misión sacerdotal y redentora en la plenitud de la caridad; debes seguir mis huellas como lo hizo mi Madre la Santísima Virgen".

 

Permanece en espera de entender, de ver claro, cada vez más claro; permanece en espera "del tiempo y de la hora establecida por la Providencia" para desvelar cuanto experimenta en su corazón y, entretanto, "el Espíritu Santo forja su alma, la conduce por el camino de la intimidad divina, le inspira el ideal y le sugiere los medios adecuados". Así se expresa Ester misma.

 

Ester es una chica de tipo mediterráneo: estatura media, piel más bien oscura, ojos negros y vivaces, cabellos negros y rizados, pasos cortos y esbeltos; su salud, empero, es frágil.

 

Tiene una inteligencia vivaz, tenacidad de voluntad, más bien reservada pero capaz de relacionarse, de dialogar, de comprometer: ¡no te das cuenta pero llegas a generar confianza, a comunicar aún los pliegues más recónditos de tu vida!

 

Mujer de fe, de oración: todas las oportunidades eran buenas para pasar tiempo en la iglesia, ante el sagrario y la estatua de Nuestra Señora.

 

En la oración halla refugio y fuerza cuando el dolor llama a su puerta con la muerte de sus padres, el uno después del otro, y con la muerte de su queridísima hermana Yolanda, quien falleció de repente mientras daba a luz a su hijo primogénito.

 

Llora, pero ora y vuelve a orar.

 

Siente los fuertes vínculos familiares y, aun cuando se halla lejos de la familia, comparte sus problemas, dificultades y sufrimientos.

 

Se interesa por los problemas de las personas que va conociendo; ora, sugiere y ayuda cuando le es posible.

 

Cuando le es viable, participa gozosamente y llena de gratitud con el Señor, en peregrinaciones a los santuarios marianos; va a Loreto, Lourdes, Pompeya, Siracusa; en sus últimos tiempos, visita los lugares montfortianos y Tierra Santa, siempre motivada por intenciones particulares: implorar… dar gracias.

 

En 1940, llegaron a Reggio Calabria los Padres Montfortianos, llamados por el Obispo, de grata memoria, Monseñor E. Montalberti; él les confía la iglesia del Rosario que se convierte en un centro vivo que irradia la espiritualidad mariana, montfortiana. Ester la frecuenta constantemente, se enamora de la "verdadera devoción a Nuestra Señora" enseñada por San Luis María de Montfort y se consagra como esclava de amor a Jesús por María el 25 de marzo de 1941; se inscribe en la archicofradía de María Reina de los Corazones y llega a ser una incansable celadora: hacer conocer y amar a Nuestra Señora, difundir la "verdadera devoción" y conducir a la consagración a Jesús por María se torna su pasión, el motivo de su vida.

 

A partir de entonces, adopta como firma suya: "Ester María" y como lema: ¡Totus Tuus! Sabemos por algunos apuntes suyos (cartas) que el 25 de marzo de 1953 emitió el voto de la santa esclavitud de amor.

 

Estudia y medita cada vez más la espiritualidad mariana y descubre en ella un medio eficaz para concretizar el ideal sacerdotal, misionero que lleva en su corazón; a la luz de esto va madurando su decisión de comprometerse a fondo con el Señor en una donación total y exclusiva a su servicio. Por ahí, comprende que hay que ser personas preparadas aun culturalmente y vuelve a emprender los estudios.

 

El estudio le cuesta a Ester; le cuesta porque ya no es una chica fresca de mente y habituada al estudio.

 

Entretanto, hacía furor la segunda guerra mundial y era bombardeada la costa de Calabria, sobretodo la región del Estrecho. Muchos abandonaron la ciudad para refugiarse en los pueblos del interior de Calabria que parecían más seguros y la familia Biroccio se desplazó a Mámmola, un pueblecito de la región jónica.

 

Allí desarrolló Ester una intensa vida apostólica y, de manera especial, difundió la devoción mariana, montfortiana, lo mismo que la práctica del Santo Rosario. Mucha gente se consagró a Jesús por María.

 

Los fieles la escuchan con gusto y el párroco se entusiasma frente a la ayuda de esta joven que se convierte en fermento de renovación de vida cristiana en su parroquia.

 

Después del armisticio (8 de septiembre de 1943), no habiendo ya peligro de bombardeos en el extremo sur, dado que la guerra se había desplazado hacia la parte central y norte de la península, la familia Biroccio regresó a Reggio y Ester reinició sus estudios preparándose, como alumna libre, para el magisterio.

 

En ese esfuerzo escolar le ayudan algunas de sus amigas que comparten y viven con ella la espiritualidad mariana, monfortiana, guiadas espiritualmente por el Padre monfortiano, Vittorio Berton.

En 1945, logra la habilitación como maestra en el Instituto "T. Gulli" y, al año siguiente, presenta con éxito el examen-concurso de literatura en la facultad de Magisterio de Mesina, logrando graduarse, con las mejores calificaciones.

A pesar de lo duros que fueron los años de universidad, ella permaneció constante en su propósito y, sostenida por la fe, presentó los exámenes correspondientes a cada sesión. Siempre estudiaba con alguna amiga, a fin de que el tiempo dedicado a los libros no resultara tan extenuante y sí más llevadero; muy pronto, todas se sintieron fascinadas por la riqueza de su fe y atraídas a una vida cristiana más coherente y comprometida. Mientras progresaba en los estudios, cultivaba su vida espiritual, escudriñando atentamente los acontecimientos de su vida, tratando de escrutar mejor los designios de Dios sobre ella misma. Su vida estaba entretejida de oración, estudio y apostolado.

¡Qué hermosas e interesantes resultan las crónicas de ese período de su vida! En ellas descubrimos una Ester comprometida siempre y con gran entusiasmo en difundir la "Verdadera Devoción", en preparar a la Consagración mariana, en acompañar a personas, familias, jóvenes y chicas, y a cuantos se hallaban en dificultad.

Se interesa por los enfermos y, con frecuencia, acompañada de sus amigas, visita el hospital y, sobre todo la sección de recuperación, incluso en los momentos de recreación u oración logrando que los enfermos ofrezcan sus plegarias y sufrimientos por los sacerdotes, considerados "alter Christus" (otros Cristos). Pasa por los Institutos religiosos y da charlas a las chicas en formación; por las sastrerías y dialoga con las chicas aprendices. Dado que forma parte del Movimiento Misionero diocesano, no pierde ocasión de hablar sobre los Misioneros, logrando comprometer a la gente a orar por ellos. Se interesa por las "Lámparas vivientes" y el "Rosario viviente".

Su compromiso se extiende, incluso, a la difusión de la buena prensa, especialmente la mariana y los calendarios monfortianos, contribuyendo, con los beneficios recabados a la construcción de la Casa de Nuestra Señora en Reggio Calabria.

 

Sus ojos y oídos están siempre atentos a ver y escuchar; saber acoger las peticiones de ayuda moral, espiritual y, también, material que le llegan de una parte y otra, pero sin actuar sola. Pide a las personas sensibles al bien de la gente; tiene ella el tacto para identificar esas personas, acercarse a ellas, entusiasmarlas y motivarlas.

 

Toma parte en la Misiones organizadas por los Padres montfortianos en los diversos pueblos de Calabria con la tarea explicita de acercarse a las personas de la zona interesada; es así como visita a los enfermos, contacta a las personas en situación difícil, personas que, desde hace mucho tiempo o quizá desde siempre, han vivido alejadas de los sacramentos y de las prácticas de vida cristiana y no descansa hasta que esas personas, encallecidas por el pecado, caen de rodillas a los pies del confesor. A menudo hace de intérprete entre el penitente, que se expresa en dialecto, y el confesor. Es incansable y va siempre con el rosario en la mano, después de haber pasado tiempo de oración ante el sagrario.

 

Justo, en una de esas misiones, y concretamente en Mámmola, la gente comienza a llamar a Ester y a sus compañeras "Misioneras de María". ¡Misioneras! Sí, misionera ya que trabajan a lado del sacerdote, disponiendo las almas a la reconciliación. Sí, misioneras para asegurar un acompañamiento personal. Trabajo de penetración en las familias y en los diversos ambientes; evangelización con y por medio de nuestra Señora. Cuando le es claro lo que el Señor quiere de ella y entiende que la hora de actuar ha llegado, piensa en organizar una Institución secular semejante a la de "Pro civitate," pero mariana, en conformidad con la Constitución Provida Mater de Pío XII (1947), una Institución mariana que realice una misión análoga a la de nuestra Señora, quien "se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención" (Lumen Gentium 56).

 

Según se iban presentando las oportunidades, ella hablaba de esto con los Padres Montfortianos, de paso por Reggio Calabria; hablaba con personas cualificadas, como Don Giovanni Rossi, mientras se hallaba, éste, de misión en Reggio Calabria (1947): le interesa escuchar su parecer, con la intención de no equivocarse; todos la animan y la invitan a esperar en un ambiente de oración.

En 1947, habló con un Padre montfortiano que se hallaba de paso, el Padre Giovanni Gheno, quien la anima y la apoya, pero muy pronto se separa de él, porque entiende que quiere orientarla hacia un proyecto diverso.

En 1949, el nuevo Provincial, Padre P. Buondonno, durante una permanencia en Reggio, la escucha, la anima, da seguridad a los primeros pasos del pequeño grupo y permite que uno de los Padres lo acompañe, velando por su formación. A él sucedieron los Padres Castelletti, Bonalumi y Lazzarino; éste llega a ser luego, el primer Asistente general eclesiástico de las Misioneras.

El 4 de julio de 1950, a las 4,30 pm el pequeño grupo de las Misioneras, ya listo para llevar una vida organizada y, acatando el consejo del Padre Provincial de los Montfortianos, se reunió para elegir su primera "Responsable"; la elección recayó sobre la persona de Ester. Ella, en calidad de Responsable, despliega todas sus capacidades; se compromete a fondo, con fe, con puntualidad en lo que se había programado. Se interesa por las Misioneras cercanas y lejanas, las acompaña con cartas que las comprometen, cada vez más, a medida que va descubriendo sus necesidades; organiza retiros, sesiones de estudio, ejercicios espirituales, espacios de diálogo y de evaluación; a las Misioneras las va lanzando al apostolado organizado y ocasional.

 

¡Ora y hace orar con el "Breviario" recitado, entonces, en latín! ¡Lo que interesaba era orar con la Iglesia! Atenta escudriña el momento de henchir las velas y zarpar hacia horizontes distintos de manera que pudiesen lanzarse mejor hacia el proyecto de Dios; sentirse más libres de poder volar hacia donde les llevara el soplo del Espíritu Santo y esto con el fin de vivir plenamente la vocación: misión de Misioneras de María. ¡Se da formación, hay entusiasmo, se hace apostolado!

 

El año escolástico 1951-1952, dio inicio a la diáspora del pequeño grupo; la primera Misionera partió para Ciociaria, más concretamente para Atina, en la provincia de Frosinone, en calidad de maestra en una escuela media; al año siguiente fue a Arpino. Allí se le unieron dos Misioneras, una de ellas, Ester.

 

También son educadoras; la enseñanza ofrece un campo amplio para el apostolado, lo que constituye, para las Misioneras, un salto que las libera y les permite remontarse a espacios nuevos y más amplios.

Ester enseña literatura en la escuela de maestría industrial de Isola de Liri; esto, en consecuencia, la obligada a viajar diariamente en autobús; un autobús deteriorado, por una trocha estrecha y serpenteante que le causa siempre malestar.

Fue un año duro para Ester, a causa del clima frío, del viaje en ese medio de transporte, también a causa de la enseñanza, puesto que era su primer año, y, desde luego, porque sentía la gran responsabilidad del momento: la Obra de Nuestra Señora (así llama al Instituto); y, además, porque la vida comunitaria misionera había comenzado. Son 3 (número requerido por el canon eclesiástico); eso permite darle la aprobación al proyecto tan esperado; de hecho Ester, una vez llegada, organiza de inmediato la vida del grupo: oración, trabajo, apostolado; vida de consagración y secularidad.

 

Como buena hermana, procura guiar al pequeño grupo: se interesa por la formación a la vida consagrada, lo ejercita en la oración, en el sacrificio, en la donación total; en las dificultades lo sostiene, lo anima en el apostolado, incluso con su propio ejemplo. Semanalmente va con las otras dos Misioneras a Roma a un encuentro de formación con el Padre Provincial.

 

También en Arpino da a conocer la "Verdadera Devoción" y prepara para la Consagración; cuida el contacto con las personas, convencida de que toda ocasión es buena para hacer apostolado. Organiza una gran misión en Arpino; allí junto con 3 padres Montfortianos: Padres Buondonno (el Provincial), Pagnoncelli y Adobati se comprometen las 3 Misioneras en la tarea que les compete. ¡Éstas fueron jornadas de gracia!

El 28 de abril del mismo año, en compañía de sus dos compañeras Misioneras, visita al Obispo de Sora, Mons. B. Musto de venerada memoria, quien luego de escucharle atentamente ve en ella un signo de la Providencia, "alguien capaz de realizar el designio tan largamente esperado de iniciar un Instituto Secular según la Constitución Provida Mater de Pio XII".

 

A él le entrega el primer Reglamento de vida de las Misioneras de María y le pide la aprobación del grupo como Instituto Secular. El Obispo animó a Ester y a las dos Misioneras mostrándoles su paternal benevolencia, ya que tenía conocimiento de la presencia activa de las tres (además de su trabajo en la escuela, ellas se habían comprometido, efectivamente, en la Acción Católica de las tres parroquias, en las misiones y en el apostolado mariano).

 

En agosto Ester participó en la gran misión Montfortiana de Messina. Juntamente con las dos Misioneras trabajó al lado de los Misioneros con gran entusiasmo y espíritu de sacrificio.

 

En septiembre de 1954, como consecuencia de acuerdos con el Obispo, Ester se estableció con siete Misioneras en Sora, en via Cittadella.

Todas enseñaban, todas llevaban adelante los proyectos apostólicos que el Obispo les había confiado, en las tres diócesis de Aquino, Sora y Pontecorvo. Ahora Ester puede viajar de Sora a Isola Liri con menos fatiga.

El 4 de noviembre en una ceremonia muy sencilla y reservada, en la capilla de las religiosas de Santa Antida, en presencia del Padre Provincial, y del padre Enrico Lazzarino, del Delegado del Obispo, de la Superiora y de algunas hermanas, el Obispo entrega a Ester el Decreto mediante el cual aprobaba el Instituto como Pio Sodalicio (piadosa asociación): fue el primer paso para llegar a ser Instituto Secular. ¡A partir de ese momento las Misioneras constituyen una realidad en la Iglesia!

Ester organiza la vida del grupo, mediante compromisos precisos, se interesa por su unidad y formación, le organiza encuentros de estudios (algunos de ellos dirigidos por algún Padre Montfortiano llegado de Roma), el retiro mensual, ejercicios espirituales anuales; se interesa por el apostolado de todas las Misioneras de María, las anima y las sostiene con su plegaria. Se interesa por el trabajo profesional de todas y facilita que estudie quien demuestre capacidades y gusto, hasta lograr el diploma y la inserción en la enseñanza: ésta, constituye para las Misioneras de María una palestra de santidad y un amplio campo de apostolado.

 

Personalmente se interesa por los enfermos y los ancianos, a quienes visita también en compañía de los alumnos aprovechando especialmente las fiestas navideñas y la Pascua. Las Misioneras le dejan a ella especialmente la tarea de preparación a la Consagración mariana montfortiana ya que en este campo ella es una especialista. Organiza encuentros marianos aun en casa, con la participación de Padres Montfortianos como conferencistas.

 

Dado que el número de las Misioneras aumenta, a pesar de que alguna de las primeras defeccione, Ester pide y logra en 1957, un traslado para enseñar en Alatri, ciudad antiquísima de Ciociaria, dado que desea abrir un Centro Misionero más, el cual por algún tiempo, llega a ser "centro de formación" para aspirantes y novicias, tanto más cuanto que cuenta con la ayuda espiritual del Asistente General Padre Lazzarino, residente por entonces en Tecchiena (provincia de Frosinone).

 

Fue justamente ella quien sugirió y animó al Obispo de Alatri, Mons. E. Facchini, a que invitara a su Diócesis a los Padres Montfortianos, quienes habían abierto un Centro Misionero en Tecchiena, desde donde podían irradiar su actividad.

Durante los años de Alatri, Ester iba y venía entre esta ciudad y Sora, y fortalecía la relación con las Misioneras de María de Reggio.

 

El 15 de agosto de 1957, junto con las primeras Misioneras y luego de un periodo de retiros espirituales en el Instituto San Gaetano de las hermanas de Santa Antida en Reggio Calabria, emitió los Votos de castidad, pobreza y obediencia en la iglesia del Rosario, ante el Padre Provincial y el Padre Lazzarino. Son éstos los primeros votos que se emiten en el Instituto.

 

El día está bochornoso, la ciudad desierta, las calles vacías y la temperatura sofocante: todo mundo busca frescura, alivio. Nadie sabe lo que acontece en la iglesia del Rosario: a puerta cerrada, en un silencio misterioso, las primeras Misioneras, inflamadas por el fuego del amor de Dios, se entregan a Él, totalmente, mediante los Votos. ¡Es un regalo de Dios! ¡Una esperanza!

 

Luego, Ester se establece definitivamente en Sora y va a enseñar en Isola Liri, más tarde, en Arpino, finalmente en Sora en la Escuela Media "Carnevale". Entretanto sigue aumentando el número de las Misioneras y el Instituto, como árbol frondoso esparce sus ramas por aquí y por allá: Piacenza, Bérgamo, Matera, Ginosa, Roma, Santeremo. Ester mantiene contacto con todas las Misioneras, a todas las conoce.

 

Comprende que ha llegado el momento de iniciar las Constituciones y en eso trabaja con fe y espíritu de sacrificio en el tiempo libre que le deja su labor escolar. Ora, se documenta, escribe.

 

En 1964, durante el primer Capítulo General, hay "cambio de guardia" y ella es proclamada Responsable "ad honorem".

Comienza, entonces, para ella un periodo de gran sufrimiento ya que se percata de que un nuevo fermento agita a las Misioneras y teme que se alejen de la experiencia y vivencia del carisma que el Instituto requiere. Desea ella que las Misioneras sean:

*        "Copia" viviente de María quien cooperó con la totalidad de su vida en la misión salvífica de Cristo;

*        Desprendidas de todo, siempre disponibles henchidas de celo;

*        Almas sacerdotales, eucarísticas;

*        Contemplativas en los caminos del mundo.

 

Su sufrimiento crece cuando en la revisión de las Constituciones realizada según las sugerencias del Concilio Vaticano II, se da cuenta de que no expresan de manera evidente el carisma del Instituto.

Ora, sufre, se informa, pide consejo, y sigue con cierto temblor la marcha del Instituto y habla; no se cansa de manifestar su pensamiento e ideas claras sobre el Instituto.

 

En 1977, durante unos ejercicios espirituales en Campiglioni, entrega a las Misioneras dos documentos claros y concisos, acerca del carisma. Se tranquiliza solamente cuando el carisma del Instituto es comprendido y las últimas Constituciones lo expresan de manera clara y precisa.

 

 En 1967, juntamente con el primer grupo, Ester hace la Profesión Perpetua. En 1977, por motivos de salud se pensiona y, al clausurar la casa de Sora, regresa a Reggio Calabria. La nueva situación de persona pensionada y sufriente no tiene nada de fácil ni de bello, pero poco a poco la va aceptando como voluntad de Dios. Sus días transcurren en oración, en meditación de libros de autores confiables, en el estudio de documentos de la Iglesia tomando apuntes y escribiendo; escribe lo que actualmente ha llegado a ser objeto de estudio, de reflexión, de vida.

 

En sus escritos podemos recoger la certeza que tiene en relación con el Instituto como Obra de Nuestra Señora; se deduce su amor por el Instituto, pues anhela sea como Dios lo ha querido; se concluye su fe, su disponibilidad, hasta el sacrificio, su corazón enamorado de su ideal.

Sostiene su relación con todas las Misioneras y con los conocidos sin olvidar ninguno de los onomásticos o cumpleaños y, para todos, tiene la palabra justa, por escrito o por teléfono.

 

El 16 de julio de 1984, estando las Misioneras reunidas en Pietraquaria (Avezzano) para los retiros espirituales, van a Loreto, secundando su deseo, en el 30º aniversario de la aprobación del Instituto con el fin de hacer la Consagración a Nuestra Señora, mientras ella se encuentra en el Hospital de Reggio Calabria para una cirugía que revela un mal incurable. Siguen para ella siete meses de sufrimiento que acepta y ofrece, como lo escribe a una Misionera: "Lo ofrezco todo, quiero lo que Él quiere y sé que me ayudará".

 

Con todo y aceptar la voluntad de Dios, esperaba su curación: ¡quizá no se percataba de que, lentamente, se iba consumiendo y acercándose a la otra orilla! A pesar del malestar y el cansancio de noches de insomnio, ¡con gusto acoge y conversa con cuantos van a visitarla, por cierto, numerosos, cada día!

 

La noticia de que Esterina se encontraba mal de salud se había difundido en el contorno, de manera que, quienes la conocían o la habían hecho sufrir, alejándose del Instituto, iban a verla.

Con las Misioneras que la acompañaban por turno, ora, relata, escucha, pregunta, anima; siempre responde al teléfono, contenta de poder escuchar voces amigas, lejanas; ¡responde hasta algunos días antes de su muerte!   El momento más hermoso y esperado del día era cuando la hermana, hija de la Sabiduría, le llevaba la Comunión. Sabiendo que le agradaba muchísimo, las Misioneras hacían celebrar, algunas veces, la santa Misa en su habitación. ¡Eso la hacía feliz!

 

En agosto, la Responsable General se detuvo durante unos veinte días en Reggio Calabria, con el fin de pasar horas con Ester quien continúa dando recomendaciones y sugerencias, aprovechando para orar juntas. El culmen de su conversación era el tema del Instituto, la fidelidad de la Misionera. Para ella, la enfermedad es algo así como la herramienta con la que las manos del Divino Escultor perfeccionan su obra, llevando a feliz término la belleza espiritual de Ester.

 

Ester muere el 9 de febrero de 1985 a las 6.00 a.m.; es sábado, día dedicado a la Santísima Virgen. Esa mañana, Ester celebra las Laudes divinas en el cielo. Los funerales se realizan el 10 de febrero de 1985 en la Iglesia del Rosario, allí mismo donde su vocación había florecido y madurado. Participó mucha gente y, de diferentes partes acudieron sus Misioneras para darle un último y afectuoso saludo lleno de agradecimiento. Fue sepultada el 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes. Sus mortales despojos reposan, en la capilla familiar, en Reggio Calabria, a lado de sus seres queridos, esperando la resurrección final.

 

En la carta circular que la Responsable General escribió a las Misioneras, con ocasión de la muerte de Ester, dice: "Muchas veces y con mucha energía, durante el último periodo de su vida terrena, Ester me confió un mensaje para todas ustedes; se lo transmito a través de esta carta circular:

 

"Diga a las Misioneras que las quiero mucho, muchísimo". En esas palabras estaba su corazón que depositaba entre mis manos, para transmitírselo a ustedes; era ella misma quien se entregaba totalmente como perenne donación… Como lámpara ante el sagrario y en el misterioso silencio de cualquier iglesia; nuestra amada Ester se fue consumiendo en el templo de su cuarto, sobre el altar de su lecho y de la silla en que solía transcurrir gran parte de su jornada… En el ataúd, su rostro lucía sereno, como el de quien reposa después de haber recorrido y alcanzado la meta y de haber combatido y logrado la victoria. Mientras la observaba por última vez, pude recoger en su mirada, para mí y para todas ustedes, una expresión clara y serena: he hablado y manifestado todo cuanto debía.

Lo que a mí correspondía lo he realizado… Ahora les tocas a ustedes. A ustedes les toca proseguir lo que el Señor quiso comenzar, sirviéndose de mí. Ella nos deja una dulce responsabilidad: llevar adelante la obra del Señor. ¡Tenemos, pues, que arremangarnos realmente la mangas!...

 

En el paraíso, ella nos ve en Dios, nos ama e implora para cada una de nosotras lo que necesitamos para ser Misioneras según el Corazón de la Santísima Virgen, Misioneras de fuego… Confiamos en su plegaria, ante Dios, por nosotras".

En unión con la Santísima Virgen María, Reina de los Corazones, y con nuestras Hermanas que se le han unido y forman, con ella, una corona en torno al trono del Señor, satisfecha del camino recorrido por el Instituto, nos sostendrá para lograr ser, hoy y en el porvenir, las Misioneras que Dios ha soñado.





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